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Todos lo saben menos ella

En mitad de uno de los noviembres más fríos que se recurdan, el cielo danza en forma de nube entre el gris y el blanco perpetuo. Y el viento es lo suficientemente cortante como para ser inoportuno.

Los árboles que custodian el parque han ido desnudándose gradualmente, dejándola cada vez más desprotegida.

Sin embargo, orgullosa, allí se encuentra ella, coronando el círculo perfecto, impecable estampa otoñal que viene advirtiendo de los duros tiempos que se acercan, la estatua que se erige elegantemente sobre el resto de la planicie.

Estática. Estoica. Inerte. Preciosa.

Todo aquel que se deja caer por allí puede percibirlo. Basta con que la lluvia respete el discreto paseo matinal de quienes pueden permitírselo. Incluso las inclemencias parecen indulgente con ella. 

Impasible frente al paso del tiempo, gesto serio pero dócil. Es perfecta pero nunca será consciente de ello. Siempre quise decírselo.

Todos lo saben menos ella.

 
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