Muchas de las cosas en las que creía cuando era un niño, hoy me hacen daño. Mucho de lo que ingoraba, hoy me machaca, me hunde y me ahoga en el insomnio. El odio en mi interior nunca muere.
Me siento en el banco a recuperar el aliento. Tomo aire, he estado corriendo, corriendo mucho en contra de mi destino, o de mi pasado. O de mi presente. Mientras apoyo mis brazos por detrás de mi espalda, arqueo levente mi torso y estiro mis piernas. Puedo ver el clarísimo cielo azul a través de los pequeños huecos que dejan las ramas de los árboles del paseo y de sus cada vez más amarillentas hojas. Están en entrando en su madurez. Puede que yo también, puede que me toque ya y no lo sepa, o no quiera asumirlo.
Cuando bajo mi cabeza puedo ver a los niños pequeños corriendo por el paseo. Corren ajenos a todo lo que les rodea, todo es nuevo y divertido, su espíritu es ingenuo y jovial, es maravilloso, es dulce, es eterno. Se mueven como centellas pero yo los veo a cámara lenta.
Juegan, corren y dan vueltas, mientras alguna inmigrante tira del carro del anciano, prácticamente inerte. Jóvenes que sólo pueden dar su sangre por tirar de los muertos hacia adelante. La gente pierde el pelo, la memoria, las esperanzas. Montados en un tren hacia ninguna parte.
No sé siquiera si el viejo respira.. Su cabeza también está inclinada hacia atrás, no puede controlar su organismo, apenas puede contener las babas dentro de su boca, ya empiezan a caer por su ajado rostro. No me puedo creer que esté vivo. Ésa no es la vida que me gustaría tener.
Como si careciese de nuca, también mira hacia el cielo, con la boca abierta, y los ojos bien abiertos, sin parpadear, como si ya estuviera muerto, mirando su próximo e inexorable destino. Ya tiene a la muerte caminando de puntillas detrás de él. Agarrando ávidamente su guadaña, relamiéndose mientras da pequeños golpecitos sobre el mango con los dedos.
Todo se acelera. Es tu momento. Ha llegado. Despierta. Despiértate ya.