En mitad de uno de los noviembres más fríos que se recurdan, el cielo danza en forma de nube entre el gris y el blanco perpetuo. Y el viento es lo suficientemente cortante como para ser inoportuno.
Los árboles que custodian el parque han ido desnudándose gradualmente, dejándola cada vez más desprotegida.
Sin embargo, orgullosa, allí se encuentra ella, coronando el círculo perfecto, impecable estampa otoñal que viene advirtiendo de los duros tiempos que se acercan, la estatua que se erige elegantemente sobre el resto de la planicie.
Estática. Estoica. Inerte. Preciosa.
Todo aquel que se deja caer por allí puede percibirlo. Basta con que la lluvia respete el discreto paseo matinal de quienes pueden permitírselo. Incluso las inclemencias parecen indulgente con ella.
Impasible frente al paso del tiempo, gesto serio pero dócil. Es perfecta pero nunca será consciente de ello. Siempre quise decírselo.
Todos lo saben menos ella.
Ver eso me ha dado más información sobre ella. Me ha hecho completar más su personalidad. Ahora la conozco mejor y me gusta más.
Y el ver su sonrisa enorme vale mucho más. Porque después de saber todo la mierda que ha pasado, y que siga siendo capaz de sonreir, y sonreir de una forma tan radiante… Su sonrisa vale oro. Su sonrisa la hace aun más preciosa.
Muchas de las cosas en las que creía cuando era un niño, hoy me hacen daño. Mucho de lo que ingoraba, hoy me machaca, me hunde y me ahoga en el insomnio. El odio en mi interior nunca muere.
Me siento en el banco a recuperar el aliento. Tomo aire, he estado corriendo, corriendo mucho en contra de mi destino, o de mi pasado. O de mi presente. Mientras apoyo mis brazos por detrás de mi espalda, arqueo levente mi torso y estiro mis piernas. Puedo ver el clarísimo cielo azul a través de los pequeños huecos que dejan las ramas de los árboles del paseo y de sus cada vez más amarillentas hojas. Están en entrando en su madurez. Puede que yo también, puede que me toque ya y no lo sepa, o no quiera asumirlo.
Cuando bajo mi cabeza puedo ver a los niños pequeños corriendo por el paseo. Corren ajenos a todo lo que les rodea, todo es nuevo y divertido, su espíritu es ingenuo y jovial, es maravilloso, es dulce, es eterno. Se mueven como centellas pero yo los veo a cámara lenta.
Juegan, corren y dan vueltas, mientras alguna inmigrante tira del carro del anciano, prácticamente inerte. Jóvenes que sólo pueden dar su sangre por tirar de los muertos hacia adelante. La gente pierde el pelo, la memoria, las esperanzas. Montados en un tren hacia ninguna parte.
No sé siquiera si el viejo respira.. Su cabeza también está inclinada hacia atrás, no puede controlar su organismo, apenas puede contener las babas dentro de su boca, ya empiezan a caer por su ajado rostro. No me puedo creer que esté vivo. Ésa no es la vida que me gustaría tener.
Como si careciese de nuca, también mira hacia el cielo, con la boca abierta, y los ojos bien abiertos, sin parpadear, como si ya estuviera muerto, mirando su próximo e inexorable destino. Ya tiene a la muerte caminando de puntillas detrás de él. Agarrando ávidamente su guadaña, relamiéndose mientras da pequeños golpecitos sobre el mango con los dedos.
Todo se acelera. Es tu momento. Ha llegado. Despierta. Despiértate ya.
Estás tan lejos que ya solo puedo verte en mis sueños.
Había vuelto el sol.
Te encontré al salir de la facultad. Allí estabas tú una vez más, radiante. Con un discreto vestido de color marrón, que parecía hecho a tu medida, como una extensión de tu piel dorada por el verano. Llevabas unas enormes gafas de sol, con unos cristales de un tono ocre bastante oscuro, que ocultaban tu mirada siempre curiosa y coqueta. Estabas sentada en el suelo, apoyada sobre tus rodillas. Tus kilométricas piernas me seguían pareciendo perfectas, como siempre. Necesitabas tan poco para lucir tan elegante… Muy pocas pueden decir lo mismo.
Me recibiste con una radiante sonrisa. Una genial sonrisa que mostraba tu dulzura, tu timidez, tu ingenuidad, mientras agachabas ligeramente tu cabeza sobre tus hombros desnudos, que sobresalían majestuosamente sobre el resto de tu cuerpo bañado en marrón.
Tu pelo largo y suave, caía sobre tu espalda, prácticamente al aire, levitando ligeramente sobre la leve brisa. Siempre tan perfecta.
Alzaste tu mirada hacía mí a medida que me fui acercando mientras jugueteabas con tus dedos, trazando con el índice un círculo invisible sobre el asfalto en el que flotabas. Nuestro círculo volvía a cerrarse. Hacía ya un año que nos conocimos, y por fín volvía a verte. Te había echado tanto de menos.
Te ayudé a incorporarte agarrando de nuevo tus manos. Volvimos a estar frente a frente. No podías dejar de sonreir, y yo no podía soltarte. Nos mirábamos sin decir nada, respirando a la vez. Tan cerca uno del otro.
Sin dejar de sonreir, dejaste a un lado a tus dos compañeras de clase, y comenzamos a correr, aún sin soltarnos, hacia la casa del reloj de cuco. Prometí no soltarte nunca.
Despierto.
Ha llegado el momento y no sabes si es la decisión correcta.
Una mentira más, pero es necesaria. Sabes que no podrías soportar el peso de la realidad, pese a que la alternativa no es mucho mejor. No te explicas cómo has llegado hasta este punto, si tú solo querías hacer bien las cosas desde el principio… una vez más.
Un falso anhelo. Suspiras, porque estás tan hundido en el charco de mierda que apenas puedes asomar la cabeza. Ni siquiera el autoengaño funciona. Sigues repitiéndote que es lo mejor, aunque no lo es. Y la verdad es que ¿existe alguna solución buena?
Ya ha pasado casi media hora, y sigues ahí, agarrotado, paralizado por el terror. No quieres, no puedes, pero todo esto te supera.
Coges aire. Lo pulsas. Cierras los ojos y resoplas. Te ha vuelto a matar, y no lo has visto venir.
Todo empezó con un tortazo.
La verdad es que empezó algo antes, llevaban ya un buen rato discutiendo. Yo no les estaba prestando demasiada atención, pero justo en uno de esos fugaces vistazos pude ver el desenlace, y pude sentir la onda expansiva dentro de mí. No sé si con sorpresa, incluso algo de divertimento, o con un poco de consuelo al ver que es sencillo encontrarse gente igual de jodida.
Ella desapareció y él se fue hundiendo poco a poco en un lodazal existente sólo en su imaginación, apoyando su cuerpo contra la barra, volviéndose una sombra, y convirtiendo todo lo que le rodeaba en una especie de niebla, espesa y dorada. Era demasiado hombre como para llorar.
No pude evitar sentirme algo identificado con él, comprender perfectamente lo que le estaba pasando, pero también es cierto que era un completo desconocido y que por tanto me daba igual.
Ya hacía varias horas de eso. Me encontraba de pie, en mitad de la sala, sujetando mi cerveza como si fuese un autómata. Nada de conversación, sólo pensamientos espirales. Pude alzar la mirada y ver la mampara, separando en la altura dos mundos a millones de años luz.
A veces sola, a veces acompañada… distinas emociones en ambos sentidos. Sólo uno de los dos podía sonreír, para que el otro desesperase, y poco a poco el tiempo se iba extinguiendo. Seguí bebiendo, mientras el fuego recorría mi garganta y mi alma. Esto sólo puede traer problemas. Más problemas.
Es el último trago, antes de irme a casa.